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LA APARICIÓN | 08/11/2009


Relato erótico, tras leer literatura erotica


Me había despertado a las siete de la mañana. Dormí mal. Tuve un sueño muy raro. A día de hoy, que ya ha pasado todo, os puedo decir que yo, de aquella, era un hombre completamente normal…
No creo que tuviera poderes mentales pero, tras varios años de tratamiento psiquiátrico no sé qué opinar. Ella me hizo sentir veinte orgasmos casi seguidos. Acariciaba muy bien… Sí, es cierto, yo había bebido antes de acostarme, dos copas de whiskey… pero, no creo que eso fuera lo más importante.
Natalia había sido una novia que tuve de joven, cuando apenas tenía dieciocho años. Nos habíamos conocido en la universidad. Ella estudiaba Filología hispánica y yo Derecho. Pero no volví a saber nada de ella desde el año en que acabé la carrera, concretamente, desde el 2007.
Pero, volvamos al día de autos, … prefiero contarlo como lo hice en la declaración que presté en comisaría; me ayuda a no volverme loco.
Me acosté a la una y media de la noche. Estaba en la cama mirando el techo de la habitación, completamente a oscuras. Sólo había un destello fosforescente de unas pegatinas reflectantes de muñecos, que colgué el día de mi cumpleaños en la lámpara.
Comencé a sentir un calor abrasador por las piernas, el ardor me aumentó por el resto del cuerpo. La cabeza me parecía que iba a estallarme; vi un resplandor cegador que entraba por la ventana y, con un ruido atronador como el de descorchar una botella de champán con un montón de decibelios de más, apareció ante mis ojos el rostro de la mujer más bella que vi jamás, y como una persiana que se cierra se fue materializando, hacia abajo, el resto del cuerpo de aquel bellezón, completamente desnudo.
Sentada a horcajadas sobre mi torso, me susurró al oido “Penétrame”. Yo grité tanto que desperté a mis padres que dormían en el piso de abajo. Acudieron a ver qué ocurría y, cuando abrieron la puerta de mi cuarto yo les conté todo asustado lo que había presenciado hacía unos segundos…
“Tú sueñas, el alcohol te hace mucho daño. Tienes que dejarlo”. ¡Había encendido la luz mi madre! Y no vio nada. Efectivamente, mientras estuvo encendida la lámpara del techo, no se veía a nadie más en aquella habitación que a mí, tumbado en una cama con las sábanas hasta la barbilla.
Pero, fue marchar mi madre y apagar la luz y, de verdad… me vi besando maravillosamente a la joven de marras mientras ella acariciaba con pasión mis partes. “¿hablas mi idioma? ¿de dónde eres?” “¿Te gusta cómo cabalgo sobre tu …ejem?...
Duró una eternidad. Unas tres horas diría. Lo único que recuerdo después es que sentí que me “vaciaba” por dentro. Me vi como “exprimido” y después, un orgasmo que me hizo perder la conciencia.
Al día siguiente, desayuné como siempre con mis padres, me quemé la lengua con el café que tanto hierve mi madre y fumé un pitillo escuchando la censura de mi padre, que en plan cascarrabias me decía que, el tabaco me iba a matar. Y mi madre comentó que el alcohol también, que menudos alaridos pegué anoche.
Salí para el trabajo. Y desbrozando en el monte, como siempre, cuando era la hora de comer, pasó una joven en coche que se paró a preguntarme por dónde se iba a la iglesia del pueblo…
Era idéntica. Era ella personificada. No sé como hice que hoy en día es la mujer que me dio dos maravillosos hijos.
Nunca me atreví a contarle nada de lo ocurrido aquella noche. Además, dejé de ir al psiquiatra cuando le mentí diciéndole que no creía que hubiera sido nada real.
Pero, yo lo sabía. Yo había hecho el amor con aquella …
Nereida, la de carne y hueso, era bióloga y no creía para nada en fenómenos paranormales y chorradas de esas, como solía decir.
Fue lo único que me atreví a preguntarle.
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