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MEPHISTO DE ISTVÁN SZABÓ | 15/07/2010


Una reflexión harto profunda


El personaje que interpreta Klaus María Brandauer es una persona que puede ser perfectamente real y que, sin embargo, es deber destacar que, cuando nos topamos con uno así en el tránsito que es la vida, por un mundo que, en buena parte, es guiado y manipulado por los dirigentes, y éstos, a su vez, por el puesto que ocupan en este mundo lleno de bondad en ocasiones y muchas veces de terrible maldad, no se salvan de estar enfermos de la mente que, es mucho más peligroso para el resto que una dolencia física.

El protagonista es una persona que sólo vive para el teatro. Aunque, más bien habría que escribir TEATRO pues, es un actor que lo vive hasta la médula y que se apasiona hasta las cejas haciendo eso para lo que ha nacido y, eso para lo que mejor sirve.
Pero he ahí, la cuestión, otra gente, en este caso los nazis, - que dicho sea de paso, pues, creo que viene a colación: el nazismo, el exterminio de los Cátaros en la Edad Media y el imponer la Santa Inquisición… todo responde a una dominante (empleando vocabulario de Artes Gráficas (lo cual significa que acepto el hecho de que se puede hacer Arte con el tema de tales atrocidades de la humanidad) tan férrea y materialista como es el dinero y el ansia voraz de tener la totalidad del poder económico…-, porque ¡si se conformaran con una parte únicamente! otro gallo cantaría. Habían previsto (los nazis) otras utilidades para nuestro protagonista: el ser un esclavo del régimen político que defendía el matar a gente por intolerancia a mansalva y el ser un inconveniente, que contribuyera a fomentar la perpetuidad del sistema dentro del reducto que él dominaba. Por ello, lógicamente le ofrecen ser director del Teatro Nacional de Berlín- me parece que es esta ciudad.

El protagonista acepta haciendo caso del proverbio “la ignorancia es muy atrevida”… y, es que él , por el hecho de querer dedicar todo el tiempo de su vida sólo a ser actor, es un ignorante en las demás facetas que competen a cualquier persona en este mundo moderno; por ejemplo, un enfermo mental que sólo hace ver la tele es un ignorante. Pero si el mundo fuera justo, la gesta heroica del personaje de Brandauer sería digna de elogiar pues, a diferencia del ejemplo anterior es muy fructífero lo que se puede obtener de ser un actor las veinticuatro horas del día.
Resulta muy chocante el hecho de que, en una escena el “protector” que le da de comer ( me refiero a un alto mando nazi que lo nombra director del Teatro) pase de elogiarlo, con fingida efusión a despreciarlo de la manera más ruin y, a dejarlo a la altura de la suela de su bota. Todo ello porque, él, el protagonista reclama que quiere saber el paradero de un empleado suyo que desapareció “misteriosamente”.
Si se pudiera reducir esta película a una escena, como si fuera el caso de que tuviéramos prisa para verla y, sin embargo, no quisiéramos perdernos el rico contenido que posee, yo diría que es fácil lograrlo: se le explica a uno que se trata de un actor que, sólo atiende a todo lo relativo con su profesión, no haciendo nada de caso al resto de las cosas de su entorno y que, sucede entonces, que el resto de colegas huyen del país ante el temor por lo que se avecina; pero él como no ve nada más que el teatro, se queda.
A continuación, es clave, fijarse en la escena final: en esta escena, lo enfocan con unos focos potentísimos de un estadio de futbol, al que lo han llevado a la fuerza en medio de la noche, y él asustado dice: ¿Qué quieren de mí? Yo sólo soy un actor.
Pues, así, no se preocupen que, siguiendo el procedimiento descrito cualquiera entendería esta película.

Transmite mucho, sin lugar a dudas, no deja a nadie indiferente.
Como posdata, decir que hay otra escena que se compone de unos juegos, en medio de un ensayo, mitad amorosos y mitad pícaros a la vez, que apasionadamente desenfrenados, realizan el protagonista y una amiga suya medio desnudos y en una supuesta clase de baile que le ofrece ella a él; que no tiene desperdicio y para los que nunca han ido a clases de teatro, esta escena resume magistralmente el espíritu que se ha de captar para abordar el complejo laberinto de emociones y sentimientos que, son la herramienta con la que trabajan los actores.
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