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EL LADRÓN DE BICICLETAS, DE VITTORIO DE SICA | 26/07/2010


Humildad y patetismo con nobleza


Antonio Ricci es un trabajador en paro; digo que es trabajador porque es educado y tímido y cortés... , en definitiva, humilde y que sólo piensa en una cosa, que es sacar dinero honradamente conseguido para mantener a su familia.
Si supiera afrontar la situación con más seguridad en sí mismo pues, … posiblemente no le hubieran robado la bicicleta pero, claro, él estaba pegando carteles, bastante tenía con mirar de que quedaran pegados sin arrugas, ¡como para atender a la bicicleta! Pero ya dice el refrán “no las hagas, no las temas” pero él pensaba que iba a salirle todo bien. Es significativo, el detalle de que su sufrida mujer acude a una vidente para darse ánimos y, Antonio, cuando no ve salida, a pesar de haber recriminado a su mujer, acude también. La frase que le dice la vidente de pacotilla “ Si la encuentra rápido aparecerá, sino, no aparecerá” es un insulto. Y encima, él le paga. Pero, bueno, digamos que el hijo de Antonio, dentro de su inocencia de niño es el que actúa más cabalmente. Porque está claro que Antonio se obsesiona con recuperar la bicicleta. Encontrar el cuadro desmontado de la bici, ¿se puede?. Hombre, la esperanza es lo último que se pierde. Pero es que la imagen del niño- muy bien interpretado por Enzo Staiola-, sin separarse de donde están expuestos un montón de timbres de bicicleta y el hombre con gafas, que no para de acosarle con que si le compra uno, es totalmente esperpéntica. Desde luego, el director, en una película que va de un ladrón hace enternecer el corazón de cualquiera con el cariño, sufrimiento, humildad y dedicación que destilan los personajes, muy bien interpretados, del protagonista, de la madre y del hijo. Y como colofón, queda la escena en que, como un auténtico pardillo, Antonio, haciendo un esfuerzo “sobrehumano” roba la bicicleta de un hombre, que después de una persecución que roza el paroxismo de las películas de humor modernas, se apiada del niño y concede el indulto a un hombre que sólo le queda que le de un infarto.

Y es que, adentrándose en la psique de Antonio vemos la mente del ser humano ante los muros que, por ignorancia, se crea cuando cree que no hay salida y se aferra, entonces, como un clavo ardiendo a pensar, para sí mismo, con orgullo, que es firme ante los principios, (en este caso: no robar) morales que lleva dentro de su cabeza. Cuando acusa a un chico que tiene ataques epilépticos, su hijo, es el que trae al policía para que ponga fin a la situación tan dantesca.

Y al final, la voz en off parece como que atestigua que la inocencia y, a la par tremenda cordura, del niño tira del padre para adelante y, no deja que se hunda en un pozo muy profundo y oscuro.
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