MENÚ
LIBROS
     
 
COMENTARIOS SOBRE EDITH SÖDERGRAN | 13/12/2014


Un bellísimo poema, pero triste


La última flor del otoño

Yo soy la última flor del otoño.
Fui mecida en la cuna del verano,
fui puesta en guardia contra el viento del norte,
rojas llamas florecieron
en mis albas mejillas.
Yo soy la última flor del otoño.
Soy la simiente más joven de la primavera difunta,
es tan fácil ser la última en morir:
he visto el lago tan mágico y azul,
he oído latir el corazón del verano difunto,
mi cáliz sólo contiene la semilla de la muerte.
Yo soy la última flor del otoño.
He visto sus profundidades estelares,
he contemplado la luz de cálidos hogares lejanos,
es tan fácil seguir la misma senda,
cerraré las puertas de la muerte.
Yo soy la última flor del otoño.

Edith Södergran es una poetisa que me fascina, lo que hay que reconocer que su vida fue delicada, tenía una salud débil y lo poco que sé de ella me transmite que, debía ser una persona que tenía mucha melancolía, y en definitiva, tendente a la tristeza. Ese es el motivo por el que escogí comentar este poema de ella: La última flor del otoño.
En el primer verso hace acopio de una sinceridad tremenda, pega un salto al vacío afirmando que es ella, la última flor del otoño. No obstante, el otoño es una estación que a mí me trae a la memoria abrigo, sensación de abrigarse, nada malo o negativo quiero decir. El verano es para ella el “origen”, fue “mecida en la cuna del verano”. El verano son las vacaciones y no hay nada mejor que la playa y fiestas, de marcha por la noche, lo que hacen los “guiris” en nuestro país cuando visitan los pueblos de la costa. Cuesta algo hacerse a la idea de entender el verano bajo la `burbuja´de la protección maternal, sin más cortapisas, así, ¡ bruscamente! Aunque, a la vez con la dulzura de cuando estamos delante de un bebé, el cual, ajeno por completo a todo lo que pasa a su alrededor, disfruta en los brazos de Morfeo, debido a que le mecen la cuna. ¡Una total simbiosis entre el niño/niña y la cuna!
Pero de repente, en el tercer verso, Edith ya creció, no se sabe la edad concreta, pero sí sabemos que los sentidos le informan de la realidad circundante y se pone en alerta por los vientos del norte. Esto, inevitablemente, evoca un amor desaforado por la naturaleza, partiendo de la premisa que nunca se puede corromper, de respeto por las leyes de la Madre Naturaleza. El viento es juventud, el viento, te hace sentir que estás vivo cuando, apresurado, caminas por las calles, donde sopla el viento y la gente, exclama ¡ hace frío!.
Después hay un contrapunto crucial, el fuego, el elemento del fuego, que despliega toda su magnanimidad y, Edith dice que “rojas llamas florecieron”, ¿qué flor es capaz de resistir el fuego? , yo diría, que no hay que pensar mucho para, darse cuenta de que, subjetivamente, muy subjetivamente!! se refiere a ella. O sea, que la poeta tiene un potencial de tres pares de narices, es capaz de florecer en medio de llamaradas. Lo de las mejillas es, simplemente, una aclaración y creo, que no tiene mucha relevancia, más allá de hacernos sentir, que la autora está hablando de su propio cuerpo. De lo que viene a continuación destacar que, en la primavera habla de entierro. La enfermedad mental, por nombrar alguna: la esquizofrenia, se caracteriza por sentimientos de culpa muy poderosos,… ella se debe sentir tremendamente mal cuando que, nos habla de, mala gana, de que ella fallece en primavera. ¡ Que es la estación típica de los enamorados en la que la sangre se altera! Vaya por Dios!! De ahí que, diga que “soy la simiente más joven de la primavera difunta”.
Y para no aburrir más, diré que lo que sucede después del séptimo verso sólo es comparable a una caída en picado de una avioneta, cargada de pasajeros, cuando el piloto, descubre aterrorizado que, ha entrado en barrena. La muerte nos embarga muy lastimeramente, y no nos deja, la autora levantar cabeza y, de seguir leyendo, estamos “condenados a morder el polvo” pues, sólo tenemos a nuestro favor el, 1 % leve de optimismo de, decir en un lánguido suspiro que somos la última flor del otoño. Rosalía de Castro y Edith deberían haberse conocido, pues me parece que, comparten mucho en cuanto a puntos de vista. Este poema, no obstante, no se libra de ser tremendamente bello, pues, hay que fijarse en que, roza, … está a punto de caer, en el dramatismo o fatalismo, pero no. Sólo lo insinúa, y lo hace de una forma tan poética que te acongoja el alma. Lo único que alumbra a los últimos versos es la palabra ´estelares´ del verso: “He visto sus profundidades estelares” , que nos da la sensación de grandeza infinita, y nos saca en un plis de la Tierra y nos encontramos con el Cosmos de narices. ¡En una sola palabra nos da un toque de sonrisas tremendo! , en medio de tanta desgracia.
Volver