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CINE E ISLAM | 09/11/2004


Cine marroquí



A pesar de su escasa producción – unos veinte films hasta 1980- ofrece algunas obras de gran relieve y consagra a algunos importantes cineastas en este primer periodo. Uno de ellos es Souhayl Ben Barka ; este director debuta en 1972 con una cáustica visión de la explotación industrial en Marruecos: “Alf yad wa yad”. Aunque su obra posterior no está a la altura de esta brillante opera prima, Ben Barka seguirá siendo siempre un nombre importante dentro del cine marroquí.
Las obras más notables de la década setenta pertenecen a estos dos directores: Moumen Smihi y Ahmed al-Maanouni. El primero debuta en 1975 con un modesto trabajo en 16 mm, “Shergi, assamt al-anif” hermoso film ambientado en la ciudad internacional de Tánger en 1954, que narra el recurso a la magia por parte de una joven esposa para impedir que su marido contraiga un nuevo matrimonio.
Al-Maanouni rueda en 1978, en condiciones precarias y con actores no profesionales, una inspirada crónica de la vida rural en la región de Casablanca. “Alyam, alyam”, que se convierte en uno de los títulos emblemáticos del “nuevo cine” árabe.
La primera etapa de la historia del cine marroquí acaba en 1980, momento en que el Estado decide participar activamente en la producción mediante ayudas que oscilan entre el 30 % y el 50% del presupuesto total. Esto conlleva que entre 1980 y el 84 se realicen casi treinta largometrajes, permitiendo a algunos de los jóvenes talentos proseguir su incipiente carrera, (Derkaoui, Smihi, Al- Maanouni...) o darse a conocer en este nuevo y más favorable contexto.
Un ejemplo de ello es Mohamed Abderrahman Tazh, autor de “Ibn as-sabil” (El viajero), de 1981; interesante cuento filosófico de profundas implicaciones sociales que destaca por encima de su tosquedad formal. Y “Badis”, 1988, una interesante coproducción con TVE que aborda el problema de las relaciones entre los dos países como telón de fondo de una historia de frustrada emancipación femenina. Aparece como intérprete de estos dos filmes el polifacético Silali Ferhati, que se ha consagrado como el más importante cineasta marroquí en activo gracias a dos espléndidos trabajos:
“Arais min qassab”, penetrante acercamiento a la tradicional opresión de la mujer marroquí (mucho talento y pocos medios), y “Shati al- atfal addaain” (La playa de los niños perdidos, 1991), una nueva mirada sobre la cuestión femenina que se cuenta entre lo mejor del cine árabe contemporáneo.
Como conclusión final se puede decir que, con Tazi y, sobre todo, Ferhati, la nómina de realizadores marroquíes se amplía e inaugura una nueva etapa no exenta de dificultades pero, rebosante de vitalidad en el contexto del cine árabe.
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