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ABBAS KIAROSTAMI | 18/11/2004




CINE IRANI

Mamad Haghighat, crítico e historiador del cine iraní expone que, en Irán el cine conquistó su legitimidad con la revolución de febrero de 1979. Antes de esa profunda transformación política, consecuencia del descontento popular frente al régimen del shah y que desembocó en una república islámica” bajo la égida del ayatolah Rutollah Jomeini, el clero siempre había estigmatizado el séptimo arte.
Desde su aparición, a comienzos del siglo XX, el cine en Irán, sufrió el ataque de los religiosos; varios cines fueron incendiados con consecuencias, a veces, dramáticas: en agosto de 1978, en Abadán, perecieron 400 personas en el Rex. La sala de cine, símbolo del Occidente ateo y lugar de reunión popular que competía con la mezquita, era vista por los mollahs como una amenaza directa contra su autoridad. Además, el cine aparecía como blasfema, pues mostraba imágenes de mujeres sin velo, y más tarde, escenas de baile con acompañamiento musical.

De la noche a la mañana, el cine pasó a interesar a todo el mundo, incluso a los religiosos. El nuevo régimen, astutamente, para conseguir un control más férreo de la sociedad, confiscó la imagen. La propia representación de poder se hizo omnipresente en la televisión, periódicos, carteles o cines. El séptimo arte, bendito y purificado de esa manera, fue legitimado. En cambio, el cine extranjero, contrario a los valores islámicos, fue prohibido. La producción iraní, pasó así, a reinar sin rival en el territorio nacional.

KIAROSTAMI, EL PIONERO

A la cabeza de este nuevo cine, Abbas Kiarostami, se opuso con la cámara a los preceptos cinematográficos de Jomeini. En el momento en que Irán e Iraq se separaban para una guerra particularmente cruel (1980- 1988), el nuevo régimen, tras pocos meses de una democracia incipiente, se endureció. A finales de 1979, en este contexto sombrío, Kiarostami rodó “Alternativa 1, Alternativa 2, alegato contra la delación”. En el film, se valió de testimonios de personas de diversas clases sociales, incluidos unos religiosos que evidenciaban su incompetencia. Un panfleto tan directo y eficaz, que fue prohibido de inmediato y aún no se ha autorizado su proyección. Pero Kiarostami, que se declara realizador laico, había puesto en marcha una maquinaria temible para el régimen.
No es el único realizador que se interrogó sobre la sociedad iraní. En su película más conocida: “Ta´m e guilass” (El sabor de la cereza, 1997) abordó el suicidio, contrario a la ley islámica, del que hay que buscar las causas en Irán en una cierta desesperación de la población frente a una sociedad bloqueada. Arremetió contra el lavado de cerebro de los niños en “Deberes” (1990); y aludió a la improbabilidad del Más Allá en “El viento nos llevará” (1999).
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