MENÚ
REVISTAS
     
 
EDAD MEDIA | 10/02/2009


Una etapa controvertida


Según la visión más tradicional, la Edad Media discurre entre el 476 y el 1453 ó 1492. El estudio de la vida cotidiana a lo largo de ese milenio es, en la actualidad, preocupación de un creciente número de investigadores. Entrar en ese terreno implica tener permanentemente en cuenta un hecho: la omnipresencia de unas claves religiosas –ya de origen académico, ya de raíz popular– con las que se desea dirigir y explicar el diario acontecer. San Agustín y San Isidoro, dos de los pilares del pensamiento medieval, nos hablaron de un paralelismo entre los siete días de la creación, las siete edades de la Historia en general, y los siete momentos de la vida del hombre en particular: infancia, puericia, adolescencia, juventud, madurez, vejez y senilidad. Lo que parece quedar claro para todos es que llegar a la senectud en el Medievo era una auténtica hazaña biológica. Una excepción que rompió la regla de las limitadas esperanzas de vida la constituyó la serie de longevos abades de Cluny que, desde Bernon (principios del siglo X) a Pedro el Venerable (primera mitad del siglo XII) gobernaron el gran centro monástico borgoñón durante dilatados periodos: el registro más alto lo marcó Hugo el Grande, entre el 1049 y el 1109. La norma, por el contrario, la constituirían las muy poco halagüeñas perspectivas de vida que se daban, con no demasiadas variaciones, a través de toda la Edad Media.
Y es que, según mi opinión, la Edad Media fue un periodo de convulsos cambios y en el que la ignorancia ante temas científicos quedaba justificada por el muro opaco que constituía la obsesión ciega por creer y ver todo bajo el prisma de la religión cristiana más arcaica. Entonces, lógicamente, consagrando todos los esfuerzos al plano espiritual, no se avanzó nada en el terreno de intentar conseguir una vida en la Tierra más saludable.
Sin embargo, la Edad Media, para el que no sabe nada de historia, yo diría que contiene muchos atractivos pues, es una época que ocupa un lugar dentro de la sucesión de etapas del continuo que es la vida en este planeta, muy similar a la que estamos viviendo actualmente. Y aunque parezca una locura lo que estoy diciendo, tengo parte de razón en el hecho de que, tras la desaparición del Imperio Romano vino una época de grandes cambios y convulsiones, pues quedaban en una incógnita, se había derrumbado el sistema hasta entonces vigente y la vida tenía que seguir; pues bien, tras la caída del muro de Berlín, la desintegración de la U.R.S.S y la aparición de Internet, de la globalización y el asentamiento de una Unión Europea consolidada, el mundo queda cojo porque los apoyos en los que se sustentó durante la edad Moderna se han pulverizado. Estamos ante el advenimiento de una idea de aldea global, en la que la mancha del Tercer Mundo, es sólo una punta de un iceberg que no deseamos ver y que, sencillamente, toca las narices porque impide pensar a grandes rasgos que todo el mundo en el grande y vasto planeta sobre el que vivimos, es uniforme, estandarizado e igual en términos generales.
Una prueba de que estamos entrando en una nueva era es que, precisamente el estudio de la carrera de Historia, especialidad que tengo a medias, y que por ir contracorriente quiero rematar, está prácticamente en desuso consistiendo en realidad en una reliquia del pasado, que preguntándole a un joven de la actualidad inmerso en la ola de todo tecnología, te dirá que no interesa porque no da dinero.
La antropología, una licenciatura que se puede obtener estudiando Historia, no obstante, es algo que yo creo que es indispensable pues, nos hace estar siempre con los pies en la tierra, ya que el estudio de lo que somos, abordado desde lo que divaga libremente nuestra mente es algo que no podemos olvidar para no caer en los errores del pasado que tan funestas consecuencias nos trajeron, ejemplo, la segunda guerra mundial, la matanza de Pol Pot y los jemeres rojos, etc… Además, dicho de una manera rotunda, por qué no? Las escasas tribus de aborígenes que, por suerte, aún quedan en el planeta, acaso ¿ellos no son dignos de nuestra atención? Ya que no les damos dinero, por lo menos seamos educados un poco, y permitámonos estudiarlos y respetarlos, que seguro que, por mucha tecnología y ciencia que tengamos actualmente al alcance de la mano, podremos, a poco que nos esforzemos, aprender algo de ellos. No es necesario destacar, hablando ahora del tema, en cuanto nos superaban con creces, por ejemplo, los nativos pieles rojas, en su vida en perfecta comunión con la naturaleza. Y dicho de paso, no tiene nada que ver con la “comunión” cristiana, que la Iglesia se preocupa de que no se repartan preservativos pero les importa un pimiento que se esté destrozando el planeta.
Y es que las ciencias humanas, o mejor dicho, las Humanidades, no deberían perder nunca su vigencia. En este mundo no somos eternos, y la conservación de ello para nuestros nietos pasa por asumir desde ya que tenemos que compaginar dinámicamente, durante nuestro transitar por esta vida, la ciencia, la religión, la tecnología, el arte y el dichoso respeto a la naturaleza y al estudio del comportamiento humano.
* Parte de la información está extraida de MUY Historia de internet
Volver