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COCODRILO. UN ASESINO EN SERIE | 28/02/2009


Relato inspirado en este film de Michael Katleman


Era una noche oscura. Katherine se culpaba por haber aceptado ir a la selva de Burundi en enero, en pleno mes de rebajas, ella que quería comprarse un fabuloso vestido que había visto en una tienda de marca. También, la verdad, es que había empezado con mala suerte el viaje. Con el trajín de llevar las cosas en los Land Rover se le había roto el frasco de Channel número 5. En fin, qué podía hacer. Le dio seguridad, mientras avanzaban por la selva, abriéndose camino a golpes de machete, el ver lo fibrados que tenía los músculos de los brazos su compañero David. El era un hombre de acción. Fue el único que no sintió pena por haber perdido el dispositivo GPS de seguimiento que le iban a disparar al cocodrilo devorahombres que habían venido a cazar. No sólo perdieron eso, también quedó en el fondo de una laguna, donde aterrizaron de mala manera, con la avioneta, el ordenador y toda la tecnología que habían traído de New York. Total, que sólo tenían la jaula que Mike, un biólogo obsesionado con los cocodrilos, -hasta llevaba uno tatuado en la espalda- había construido para cazar vivo al espécimen, que se había cobrado ya la vida de trescientas personas.
Se oía el canto de los pájaros y los grillos, (también los había allí!) y estaban deambulando, más bien al tun tun, mirando de hacer ruido para atraer la atención del saurio y conducirlo hacia la jaula, y una vez que estuviese dentro bajar la reja. Mike iba con diez latas de refresco vacías atadas con un cordel, agitándolas furiosamente.
Una boa se descolgó sigilosamente de un árbol, y cuando Katherine sintió la frialdad húmeda en el hombro, por encima de la blusa ya era demasiado tarde. Gritó y comenzó a notar que la serpiente se le enrollaba en el cuerpo. El traductor negro que llevaban, Kolo, que era un experto en manejar el machete troceó al reptil gigantesco en diez trozos, mientras Katherine no sabía si sentir más terror por haber estado a punto de morir asfixiada o por poder haber muerto también descuartizada de machetazos. Afortunadamente, la maestría de Kolo quedó patente, ni un sólo rasguño en la ropa siquiera.
Las arenas movedizas son otro peligro importante en esa zona. Eso, precisamente, iba comentando David cuando de repente descendió un montón al quedar sus pies en falso. Comenzaba a tragar barro y una rama que logró lanzarle Mike le salvó de haber quedado sepultado de barro en un periquete.
Por fin oyeron temblar el suelo, instantes después, se sintieron unos rugidos que ponían la piel de gallina. A todos les afloró en grado máximo la adrenalina. Se dirigieron, con un montón de miedo en las venas hacia los ruidos.
Disparos de rifles fue la despedida orquestada en aquella noche en la selva, para Mike, pues el cocodrilo le salió por la espalda, oculto en un barrizal y se lo zampó en un plis. El crujir del cráneo fue como cuando un bebe come papilla. La sangre salpicó al resto de la expedición que estaban cerca del infortunado. Unas visceras fueron a parar a los morros del listo foxterrier que, Susan, la doctora de la expedición, se había traido al corazón de Africa. El pobre perro se meó del susto y con unos aullidos escalofriantes salió despavorido de la escena.
Katherine, en esto, tuvo la idea de sacar de la mochila unos botes con carne putrefacta llena de feromonas que atraen a los cocodrilos, y embadurnarse el cuerpo con ello. No tuvo que esperar mucho para que el terrible saurio le viniera pisando los talones. Entonces, comenzó a correr y corrió tan rápido que llegó a donde la jaula dos minutos antes que el asesino en serie. Repitiéndose a sí misma en voz alta que todo iba a salir bien, se introdujo en la jaula. En décimas de segundo, la experta en artes marciales (más por afición que profesionalmente, pues también era antropóloga), abrió una trampilla en el techo de la jaula en forma de círculo. El cocodrilo entró con las mándibulas en ristre y ella, con unos gemelos enormemente fortalecidos de mucho entrenamiento, saltó en vertical hacia arriba y, una vez fuera cerró la escotilla de la jaula. Tiró del cable que cerraba la jaula y, al fin la fiera asesina quedó atrapada.
Pero mordiendo los barrotes logró romper uno. Sin embargo, Kolo había avisado a los guardias forestales y desde un jeep acudieron justo a tiempo para lanzar al enorme saurio diez dardos anestesiantes. Le dispararon once por si acaso.
El traslado de semejante espécimen al Museo de Historia Natural de New York no estuvo exento de dificultades. Tuvieron que esperar que llegara a Burundi un avión especialmente preparado para semejante carga.
La guerra entre hutus y tutsies estaba en el momento más crítico. Los supervivientes de esta cacería esperaron el amanecer durmiendo a una distancia prudencial de la jaula. Pues, amaneció el día con disparos de ametralladoras. Corrieron a ponerse a cubierto y David tuvo que hacer unas curas de urgencia a Susan. Le dieron con una bala. Katherine abatió con tres disparos al sargento de la guerrilla que los hostigaba. Sin líder, el grupo de cinco tutsies escapó y los dejaron en paz.

La madre de Mike, que era también una entusiasta de las ciencias naturales sufrió un duro disgusto al ser conocedora de la tragedia que le había ocurrido a su hijo. Al cabo de unos días, repuesta algo a base de tranquilizantes, hizo las gestiones necesarias para que le concedieran a su hijo, a título póstumo la condecoración de Doctor Honoris Causa por la Universidad de Michigan , por su contribución al estudio de las ciencias biológicas.
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